El animal de dos patas

España tiene ciudades que atraen a millones de visitantes y conocidas en todo el mundo. Multitud de imágenes sobre ellas aparecen en documentales o programas de viajes. ¿Quién no conoce Las Ramblas, aunque no haya pisado nunca Barcelona?

Por ello, las ciudades del país son premiadas con galardones a nivel estatal y europeo y compiten entre sí para conseguirlo. Un ejemplo fue Salamanca en 2002 o San Sebastián en 2016, nombradas “Capital Europea de la Cultura”, lo que aumentó el turismo y el presupuesto del Ayuntamiento que, muchas veces, se acaba invirtiendo en cosas absurdas o poco necesarias.

Se valora la gastronomía, la limpieza o los servicios, pero no se habla de la parte “fea” de la ciudad, de la gente que vive en ella y no está de paso, y menos aún de quienes no pueden ni permitirse una barra de pan al día. Por desgracia, de ellos no se acuerdan a la hora de invertir esos fondos para ser “Capital Europea” en algo.

Pongamos un ejemplo: ¿qué piensas cuando ves a un perro o un gato por la calle? ¿Quizá piensas que tampoco está tan mal, que está libre, que es un animal que está hecho para la calle y come lo que quiere? ¿O eres de los que piensan que todo ser vivo merece un hogar, una comida decente y cariño? Hay gente de las dos vertientes; sin embargo, es más común que si cambiamos al animal por un vagabundo, sea más probable el primer caso o que, directamente, ni se piense en el caso. Olvidando que son personas que sienten y padecen.

¿Qué hacer con los vagabundos?

Es común, y más con mal tiempo, encontrar a algún vagabundo durmiendo en un cajero automático. Hay quienes entran y hacen su operación como si nada o quienes se van a buscar otro cajero por miedo a lo que les puedan hacer. No es una imagen agradable, y es paradójico sacar dinero delante de alguien que no tiene ni para comer. Algunos de ellos, ante las quejas de los vecinos, acaban siendo expulsados del cajero por la policía para intentar darles una cama en alguno de los saturados albergues para sintecho.

Muchos de ellos rechazan ir a estos centros por numerosas razones. Una de las principales es porque tienen perros y dentro no se les permite tenerlos, así que renuncian a una cama por tener a sus compañeros.

Un día me senté al lado de un vagabundo porque me sorprendió lo joven que era. Su primera reacción fue de sorpresa y a la vez miedo, un miedo que yo también tenía al tener enfrente a una persona que quizá no reaccionase bien. Tras ese primer contacto, le pregunté cuánto tiempo llevaba sin comer. Y me contestó que hacía un día se comió un bocadillo en un bar, pero solo lo de dentro, porque el pan se lo dio a sus cuatro perros.

Era uno de estos vagabundos que había rechazado una cama porque no podría tener a sus animales ahí. Así que la pregunta lógica era por qué cuida a cuatro perros si no tiene ni para él. Su respuesta fue “nunca dejaría sola a mi familia, lo son todo para mí. Por eso hasta que no dejen entrar perros en los albergues, no puedo abandonarlos”. Su historia era el clásico relato de una persona que le va mal en la vida y viene de familia desestructurada, como le podría pasar a cualquiera.

El experimento de salir de la calle

Por eso empezamos un experimento para mejorarle la vida: conseguir un empleo. Dijo que sería “lo segundo más importante que le pasaría en la vida”. Como por su condición, acceder por Internet a  webs de empleo era imposible, intentamos lo más sencillo: las cadenas de comida rápida.

Aquel primer día fue un absoluto desastre. De uno de los establecimientos casi le echan a patadas por su aspecto (el mejor que podía llevar alguien sin techo). Así que aquella noche, de los contenedores de ropa que hay en la calle, consiguió una sudadera y un pantalón con mejor aspecto que su ropa actual.

A la mañana siguiente al menos ya no le echaron y consiguió una entrevista de trabajo. Habría sido más fácil mentir, pero al entrevistador le contó la verdad: que vivía en la calle. Sorprendentemente, tras mucho insistir y a regañadientes, le dieron una oportunidad con la condición de que se quitase un tatuaje en la cara que se hizo cuando era menor y sin el consentimiento de su padre (en sus propias palabras, “el peor error de mi vida”).

Ese vagabundo sigue aún en la calle. Ahora pide dinero para someterse al tratamiento y quitarse el tatuaje, bajo esa promesa de que, entonces, tendrá trabajo.

Con el tiempo, me acabó contando lo más importante que le había pasado en su vida: “encontrar a mis perros. Me ayudan a sonreír cada mañana y cada noche que tengo hambre o frío. Esos días duros que te da por llorar, están ahí”. Y por eso cuando oyes hablar del abandono animal, de su sufrimiento y del maltrato que determinadas personas les dan, mientras otras personas que no tienen nada les dan lo poco que tienen, piensas si los animales realmente somos nosotros, o ellos.

 

 

La escuela de padres

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