El intento de matar a Hitler “a la española”

A lo largo de su vida, Adolf Hitler se enfrentó a 42 intentos de asesinato (al menos, si bien otros expertos consideran que fueron más de 50 planes y complots diferentes para hacerlo). De algunos salió herido en mayor o menor medida (destacando la operación “Valkiria”, cuando salió casi ileso de una explosión a escasos metros que mató a cuatro personas) si bien la mayoría de ellos quedaron en nada (alguno de ellos con resultados irrisorios). Estos intentos, a lo largo del tiempo, pasaron a ser más radicales para garantizar el éxito, llegando incluso a plantearse atentados suicidas.

En 1938 tuvo lugar uno de los intentos más curiosos de matar al Führer ya que estaba basada en el atentado que el anarquista catalán Mateo Morral realizó en 1906 para matar a Alfonso XIII el día de su boda. No obstante, y buscando que solo muriera Hitler, el plan se retocó tanto para evitar víctimas colaterales que lo hizo casi inocuo.

Concretamente, el plan aprovechaba la cercanía de Hitler cuando visitaba lugares o ciudades (cuando iba saludando a la multitud) para entregarle un ramo de flores que estaría impregnado de veneno. El líder alemán lo recibiría y estaría en contacto con él en tiempo suficiente para que el veneno le afectase, mientras que un antídoto salvaría a todo aquel que lo hubiese manipulado antes.

El atentado de Mateo Morral

Es harto conocido el atentado de Mateo Morral en Madrid en mayo de 1906. Metros antes de la desembocadura de la calle Mayor en la Puerta del Sol, el autodidacta artificiero lanzó un ramo de flores a la comitiva real de Alfonso XIII y Victoria Eugenia que recorría la ciudad para celebrar su boda. El lanzamiento fue desde un balcón de una pensión donde había alquilado una habitación durante toda la semana previa para ejecutar el plan, y falló porque cuando lanzó el ramo, este tocó con el tendido del tranvía y se desvió del objetivo original. Los reyes salieron ilesos, pero murieron 28 personas.

Las flores escondían una bomba “Orsini”, un tipo de artefacto que se activaba cuando una especie de mecanismos externos recibían presión (como si fuesen una especie de botones que la detonaban). Durante los días anteriores y para practicar, Morral lanzaba naranjas desde el balcón (imitando el peso) para conseguir el lanzamiento perfecto que no consiguió.

La adaptación para matar al Führer

Como una bomba dentro del ramo acabaría con muchas personas aparte del líder del Reich (incluído muy probablemente quien le diese el ramillete), se buscó algo con un efecto mucho más focalizado. Era un manojo de flores normal que aparentaba plena normalidad pero todas las flores y hojas se impregnaron con veneno (nunca se supo exactamente cual), que Hitler debía tocar e inhalar y que acabaría con su vida entre cinco y siete días después, sin además levantar sospechas como una neumonía común.

Foto de instantes después del atentado de Mateo Morral que publicó ABC. Por esta foto, hecha por un estudiante de Medicina, se pagó 300 pesetas, una barbaridad para la época. Cuando se publicó, fue modificada para esconder los daños.

El plan prácticamente falló por todas partes. Por un lado, el miedo a matar a gente inocente en el magnicidio hizo que el veneno usado fuese demasiado débil y requiriera mucho contacto con él para llegar a dosis letales. Pero el mayor problema que se encontró fue que Hitler, entre tanta gente a la que saludaba, paraba muy poco tiempo ante cada persona. Así que el ramo le llegó, pero escasos segundos después se lo pasó a sus escoltas personales (y que la mayoría de veces se deshacían de ellos minutos después, siendo donadas las flores a alguna organización local en el mejor de los casos). El ramo acabó en la basura poco después, sin causar ningún daño.

Todo el propósito pecó de poco ambicioso al pensar más en las consecuencias para los ejecutores que para el propio Hitler, ya que era relativamente fácil matarlo cuando era accesible (no sin que posteriormente su guardia disparase sobre esas personas, en lo que sería un ataque suicida al final). Lo complicado era llegar a tenerlo delante ya que para evitar ataques, su comitiva cambiaba constantemente la agenda y los recorridos que hacía.

En la práctica, la única forma de envenenar a Hitler habría sido teniendo acceso a su alimentación, teniendo en cuenta que gran parte de los venenos que hoy conocemos no se conocían en aquella época. Probablemente serían venenos orgánicos procedentes de plantas (cicuta o derivados), muy lejanos de los creados en laboratorio en la actualidad.

 

El país que vivió de la mierda (y muy bien)

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