La inutilidad del cosmético

Una de las grandes luchas de la humanidad, ante el aumento de la esperanza de vida en el último siglo, es la lucha contra el envejecimiento. Vivimos más años, pero por la misma razón envejecemos más y vivimos más años de tercera edad, por lo que el “santo grial” de la investigación médica es la eterna juventud.

En este combate, las grandes empresas han bombardeado a la sociedad con campañas de marketing que prometen una apariencia joven a base de productos milagrosos. Dado que la mayoría de la población respeta enormemente a la comunidad científica, muchas de estas empresas emplean términos y productos bajo una estrategia comunicativa similar a la empleada por los científicos. Coenzimas, biomoléculas, liposomas, partículas, proteínas…

Sin embargo, ¿la ciencia ampara estos productos?

Desde un punto de vista objetivo, todas las cremas hidratantes funcionan igual: reducen la evaporación de la epidermis y aumentan la movilidad de las proteínas y lípidos de la capa córnea (la más externa) incrementando la suavidad de la piel, pero ninguna crema es capaz de aumentar el nivel de hidratación de la piel por sí misma. Lo mismo ocurre con las cremas “antiarrugas”, que contienen cadenas de aminoácidos que estiran la piel mientras están rodeados de los otros componentes de la crema, por lo que el efecto es temporal. Todos los demás ingredientes de la crema son totalmente inútiles, prometan lo que prometan.

Crema que puede prometer lo que quiera, porque nada de ello funciona

Muchas cremas incluyen colágeno, que es cierto que es una molécula muy importante que confiere a la piel elasticidad; sin embargo, el colágeno presente en la piel es el colágeno producido por nuestro propio organismo. Si se ingieren suplementos de colágeno, éste es digerido a sus aminoácidos exactamente igual que un filete de carne. Cuando se aplica en cremas, el colágeno es tan grande que es incapaz de atravesar los poros de la piel. Esta misma situación se da con los productos que contienen la coenzima Q10.

Un gran invento del marketing son productos como los liposomas o el agua micelar. Un liposoma es, simplificando, una especie de célula vacía y en cuyo interior se puede encapsular cualquier producto. Una micela es una bola de lípidos en cuyo interior se pueden introducir pequeños compuestos polares, como el agua. En teoría, estos productos, al ser unas esferas de lípidos, entrarían en contacto con la piel, la atravesarían y en su interior liberarían sus componentes. Sin embargo, en la práctica se ha demostrado que cuando estas partículas entran en contacto con la piel, se deshacen, dejando sus componentes en la capa externa de la piel. Es decir: son incapaces de penetrar la piel y, por tanto, de aportar nada.

Productos absurdos y componentes que no aportan nada

Otro producto que personalmente me llamo la atención cuando lo vi es la crema que contiene células madre vegetales (concretamente de manzana, no sabemos si Golden o Fuji). Las células humanas y las vegetales son totalmente incompatibles, tanto en forma como en tamaño, organización intracelular e incluso a nivel funcional, con lo que difícilmente va a servir para regenerar un tejido humano.

Crema cosmética con oro. No regenera nada

Caso aparte, y quizá el más flagrante, es el de las cremas que contienen oro, ese metal pesado y preciado que no tiene ninguna función relacionada ni con la hidratación ni con la regeneración, o de los productos que se venden “con ADN reparador”. Un ADN que, aún suponiendo que atravesara la piel, sería degradado nada más entrar en la célula, al ser detectado como ADN extraño.

El principal problema de que estos productos puedan venderse así con total impunidad es que, para permitirse su acceso al mercado, simplemente deben demostrar que no son inseguros. Es decir, no tienen que demostrar sus capacidades sino simplemente que no son peligrosos para la salud, por lo que cualquier placebo o producto inocuo tiene el mercado abierto.

El sistema de control de los medicamentos farmacéuticos es que deben mostrar su eficacia a la par que ser seguros. Los cosméticos, al no ser productos de salud como tal en la legislación española, pueden “esquivar” este control, así que basta con que no sean tóxicos para que se permita su venta, aunque lo que prometan sea totalmente falso. Lo que nos lleva a encontrar en estanterías de supermercados, farmacias y droguerías productos totalmente inútiles.

 

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