Las redes sociales nos hacen asociales

La obsesión del ser humano por mantener el “contacto” con las demás personas, incluso si no las conoce personalmente como en el caso de los famosos, ha hecho que el mundo de las redes sociales haya crecido exponencialmente en la última década. Las hay de todo tipo: simplemente de contacto como Facebook, de fotografía como Instagram o Tumblr, más informativas como Twitter, y otro universo infinito de aplicaciones más minoritarias para “acercarnos” entre nosotros. Aunque la pregunta es, ¿no se nos está yendo un poco de las manos?

Aumenta cada día la obcecación de la gente por presumir de lo fabulosas que son sus vidas, en lo que parece una competición hacia un falso camino de felicidad. Antes de todo esto, la felicidad radicaba en los momentos que compartías con otras personas; los que no recuerdas por una foto, sino que están grabados a fuego en tu cerebro como una marca de nacimiento. Esos momentos que te dejan sin respiración, que al recordarlos esbozas una sonrisa. Pero actualmente, si esa sonrisa no la puedes subir a Facebook, parece que no cuenta como felicidad.

No todo este cambio de paradigma es malo: por ejemplo estas aplicaciones nos permiten mantener un ligero contacto con las personas que, por azar o motivaciones de la vida, ya no están cerca de nosotros, en una época en que la emigración de jóvenes en España se está haciendo de nuevo usual (como hace sesenta años), creando con estas herramientas una buena manera de no perder a esas amistades con las que tan buenos ratos hemos compartido.

La vida a través de una pantalla

Se ha cambiado una buena conversación por un pulgar hacia arriba. Cada vez hay menos rastro de esas llamadas de dos horas para ponerte al día con una persona o de esas cervecitas en un bar. Como tenemos todo más accesible y es más cómodo dar un “me gusta” o dejar un comentario en un muro virtual, se pierde la costumbre de hablar con la gente cara a cara. Sin móviles por medio, sin más compañía que una cerveza o café, como siempre hicimos. ¿Hay miedo a los silencios incómodos, o quizá es que cada vez somos más vagos?

Reuniones de amigos y familiares con las miradas perdidas y vacías, mirando obnubilados al teléfono móvil, como si ya no quedase nada que contar y lo supiésemos todo. Espectáculos tan lamentables como cinco amigos sentados en una terraza mirando el móvil sin cruzar palabra entre ellos durante minutos. Parejas que se citan para verse de cuerpo presente, pero con la mente lejana, sin hablar, pendientes de otras cosas, de lo que pasa fuera en vez de lo que pasa ante ellos.

Curiosamente, con esas personas que tienen delante y con las que no hablan por estar pendientes del móvil, será con las que hablen cuando delante tengan a otra persona distinta, como si mereciese más atención el que está al otro lado del terminal en vez de ante la cara. Perdemos el tiempo como creyendo que se puede recuperar, cuando hay que ser inteligentes y gastar el tiempo en que o quien lo merece.

Recuperar la normalidad del contacto humano

Punto y aparte están las personas que hacen un espectáculo de hechos tan mundanos como arroparse para dormir, que se han creado su propio “show de Truman” donde ellos son director y protagonista, buscando la aprobación de una masa a la que no conocen. O personas que exponen sus penas al mundo en busca de consuelo. ¿Qué mejor que contar con la familia y/o los amigos para que te apoyen en los momentos duros?

Imagen: Dreamstime

Lo peor de todo esto es que ya se ve con total normalidad que alguien te deje un “me gusta” en vez de hacerte una llamada. Un “¿qué tal estás?”, “te echo de menos”, “te quiero”, como ganan es a la cara del otro. Se están deshumanizando las emociones que tenemos, convirtiéndolas en una cadena de caracteres y protegidas ante un muro con contraseña.

Y la deshumanización lleva a la pérdida de lo que somos, seres que sienten y padecen y se relacionan cara a cara. Piensa con cuántas personas de tu muro de alguna de estas aplicaciones has hablado más de quince minutos en el último año (no necesariamente a la cara, que también hay teléfonos para llamar).

Por eso, la conclusión de este sencillo mensaje es, ¿nos tomamos unas cañas?

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