Operación Maná: cuando cayó comida del cielo

El 29 de abril de 1945, dos aviones Avro Lancaster 514 de la Royal Air Force (fuerza aérea del ejército británico) sobrevolaron el aeródromo de Duindight, cerca de La Haya, en los Países Bajos. Con Berlín asediado por todos sus frentes y el tercer Reich agonizando, los holandeses (una de las regiones más castigadas por la guerra) ya estaban acostumbrados al sobrevuelo de bombarderos y a los estragos de las bombas de unos y otros.

Lo que creían que era un vuelo “ordinario” de tropas hacia Alemania se convirtió en la esperanza de un pueblo. Sobre la pista, los dos aviones abrieron sus compuertas de carga y lo que cayó, por una vez, no fue muerte: levadura, harinas, azúcar, leche, galletas y todo tipo de alimentos. Los paquetes, equipados todos con pequeños paracaídas, fueron cayendo de manera más o menos controlada (aunque uno de los pilotos se arrepintió de haber abierto demasiado tarde la bodega y soltar la carga algo más lejos del objetivo).

Los nazis, sabedores ya de la suerte que iba a correr el Reich, poco hacían ya en Holanda (con los aliados en Berlín, poco quedaba que defender), y tuvieron una reacción que, no por esperada, sorprendió a la población. Las baterías antiaéreas colocadas en la zona siguieron el vuelo de los dos aviones, pero no abrieron fuego. Para soltar la carga sin dañarla, los aeroplanos volaron a 400 pies, extremadamente bajo, siendo blanco perfecto para los cañones nazis.

Arthur Seyss-Inquart, el nazi que se apiadó de los holandeses

Las torretas alemanas obedecieron las órdenes de Arthur Seyss-Inquiart, gobernador nazi en la región de los Países Bajos que, ante el estado de hambruna de la población holandesa (se estima en 20.000 muertos directos por la falta de alimentos en el último año de guerra), aceptó crear un corredor humanitario junto a los aliados. En los últimos días del Reich incluso se sumaron al reparto de alimentos.

El éxito de estos dos aviones (solo fueron dos porque, a pesar del acuerdo al que habían llegado, los aliados no confiaban en que los nazis no disparasen) se difundió rápidamente gracias a la BBC y, solo horas después, 200 aviones se sumaron al lanzamiento de comida. Estos aviones iban sin artilleros para poder cargar más alimentos y debían dejar los víveres en cuatro puntos designados de toda Holanda, volando lo más bajo posible y con el tren de aterrizaje bajado para ralentizar la velocidad.

Arthur Seyss-Inquart, gobernador del tercer Reich para la provincia de los Países Bajos

Estos vuelos, por la forma en que debían hacerse, estaban considerados de muy alto riesgo; no obstante, la mayoría de pilotos se presentaron voluntarios. Precediéndoles, los aviones “Mosquito” tiraban humo y marcaban la zona donde debían lanzar la comida, aunque la propia población ya se dedicó a marcar con cruces las zonas de lanzamiento.

Solo se estrelló un avión, causando 11 muertos, si bien fue por una avería técnica, y ninguno de los aviones se encontró con fuego enemigo a pesar de estar a tiro en todo momento. Los operadores de las torres antiaéreas alemanas abandonaron sus puestos e incluso ayudaron en el reparto de alimentos. A pesar del buen gesto de Seyss-Inquart, el alto mando nazi fue uno de los encausados en los juicios de Núremberg y condenado a muerte, siendo ahorcado en octubre de 1946.

Viviendo con raciones de 250 calorías

Los Países Bajos fueron prácticamente una provincia más del Tercer Reich desde poco después del comienzo de la guerra, ya que su ejército era mínimo y poco preparado. La vida en los años de expansión nazi fue similar a la de cualquier ciudad alemana, pero cuando los aliados desembarcaron en Normandía y abrieron el frente occidental hacia Berlín, fueron los máximos perjudicados.

Los alemanes, dentro de su política de tierra quemada y para defender su terreno, anegaron las tierras cultivables neerlandesas mientras que los aliados bombardeaban las defensas nazis. Esto hizo del campo de batalla un lugar yermo y desangelado donde millones de personas no tenían nada que llevarse a la boca: se comían los bulbos de tulipanes y remolachas, se demolían casas para echar al fuego sus elementos y calentarse (un invierno especialmente duro el de 1944) y la reducción de alimentos llevó a muchas personas a vivir consumiendo raciones de 250 calorías al día (principalmente de pan).

La población holandesa se llevaba los tablones de las vías del tren para calentarse / Foto: Archivo Nacional de los Países Bajos

Los trenes dejaron de funcionar porque la gente se llevaba los tablones de las vías para calentarse, lo que a su vez llevó a una incomunicación de las zonas. Esta hambruna fue motivo para que, los que no perecieron, tuvieran durante el resto de sus vidas serios problemas físicos, como anemia permanente, diabetes, enfermedades cardiovasculares, etc. Una de ellas fue la actriz Audrey Hepburn, que al final de la guerra tenía 17 años y vivió este drama. Su desnutrición le llevó a tener anemia e incluso se relaciona con su depresión permanente.

Por ello, cuando la comida empezó a caer del cielo, los holandeses vieron cómo acababa la guerra para ellos. En total, fueron 11.000 toneladas de alimentos las que se lanzaron y más de 5.000 vuelos los que se realizaron por parte de británicos y norteamericanos, lo que provocó imágenes como la de un campo de tulipanes cultivado para que, con las flores, se pudiera leer desde el cielo “Many thanks” (muchas gracias) para sus salvadores.

 

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