Valle del Jerte: nueve días de flores de cerezo

Hay que coordinar el calendario muy bien porque el cerezo es caprichoso y esquivo: un año nos podemos encontrar con sus flores en la última semana de marzo mientras que otros (como éste, por ejemplo), sus flores salen ya bien entrado el mes de abril. El invierno frío y el marzo lluvioso han provocado que la floración en 2018 comience, aproximadamente, el 6 de abril (mientras que el año pasado, a esa fecha, prácticamente ya no quedaban flores).

A eso hay que sumarle lo poco que dura el cerezo en flor: aproximadamente nueve días. No obstante, algo que no se suele contar es que no todo el valle florece a la vez, sino que la diferencia de altitud (400 metros en las cotas más bajas llegando hasta los 1.300 metros en el puerto de Tornavacas, con picos de más de 2.000 metros) hace que florezca primero la zona más baja y después la más alta. Eso hace que sea difícil llegar a ver todo el valle en flor a la vez (solo un par de días se unen todos los cerezos), pero hace más fácil que veamos flores aunque solo sea en determinada zona (en total, durante unos 15-18 días se pueden ver).

Y si uno llega en ese par de días en que todos los cerezos muestran flores, la imagen que obtiene es simplemente maravillosa, la de un valle perfilado de un color rosa claro con el cañón que hace el recorrido del río Jerte por medio.

Flor del cerezo / Foto: Javier Robla

Paisaje del Jerte florecido / Foto: Javier Robla

 

 

 

 

 

 

 

El símbolo del renacer del “sakura”

En algunas culturas, la flor del cerezo tiene una importancia milenaria. En Japón, el “sakura” (nombre japonés del cerezo) es símbolo del renacer, del comienzo de una etapa nueva. Tras dormir durante todo el invierno, sus pétalos aparecen para mostrar el fin del frío y el regreso a la vida. Allí, además, influye que el año escolar comienza en abril, coincidiendo con la floración del que es árbol nacional del país, con lo que esa metáfora de comienzo de nueva etapa se acentúa más.

Iniciamos la ruta desde Plasencia, punto más bajo del valle y desembocadura del río Jerte, y remontamos el río hacia el norte de la provincia cacereña. La carretera nacional corre en paralelo por el cañón del río, dejando las dos laderas con sus pequeñas poblaciones a los lados. Llegamos a Cabezuela del Valle, la que podríamos considerar “capital” de la comarca, preparada ya para los turistas que vienen a disfrutar del espectáculo de flores.

La construcción en las localidades es típicamente castellana, con el entramado y la estructura principal de grandes vigas de madera, balcones con miradores que llegan a salir hasta un metro de la fachada de la base, piedra y adobe, totalmente distinto a lo que se puede ver en el resto de Extremadura y más propio de Ávila o Salamanca. Hay que destacar también el muy buen estado de conservación en que se encuentran.

Construcción típica / Foto: Javier Robla

Ruinas de Vadillo, antigua capital del Valle del Jerte. Esta población fue de las más pobladas en el siglo XIV y arrasada por los franceses / Foto: Javier Robla

Subimos a las alturas

El último punto de floración está en el puerto de Tornavacas, límite entre las provincias de Cáceres y Ávila. Desde allí podemos ver todo el valle con un pie en Extremadura y otro en Castilla y León (literalmente). Vemos la V que hace el cañón del Jerte mientras a la espalda tenemos las cumbres nevadas de la sierra de Gredos. Aquí podremos ver los cerezos más antiguos, ya que algunos llegan a aguantar 50 y 60 años, mientras que, en los pueblos más bajos, a los 15 años dejan de producir cereza y picota.

Volvemos a bajar por el valle atravesando el Parque Natural de la Garganta de los Infiernos, una auténtica joya donde las rutas senderistas y de bicicleta se cruzan con la bajada del agua de los deshielos que descubriremos después más a fondo. Pasamos Cabezuela y llegamos a Navaconcejo, otro pueblo en el cañón con preciosas terrazas, parques y piscinas naturales en el mismo río. Ahora es hora de explorar por nuestra cuenta los pequeños pueblos de las laderas y la naturaleza de las cascadas naturales de los numerosos arroyos.

Descubrimos primero los pueblos de Rebollar y de El Torno. El GPS nos indica 6 kilómetros de distancia, pero 20 minutos hasta llegar, lo cual sorprende. Cuando uno ve la carretera, lo entiende, ya que curva tras curva con una ligera pendiente, entendemos que la vida en este valle es diferente. Son dos de las localidades más pequeñas que veremos (Rebollar, de hecho, tiene apenas 200 habitantes).

Vista de todo el valle desde el puerto de Tornavacas / Foto: Javier Robla

El Torno (izq) y Rebollar (der) desde la otra lareda del valle / Foto: Javier Robla

Piornal y la fiesta del “Jarramplás”

Conociendo sus pueblos, aprendemos más del cerezo. Antes, este valle producía el 75% de toda la picota del mundo; ahora, su producción es solo el 25% de la española. En una cooperativa nos cuentan los motivos: se están plantando cerezos en muchas partes de España (destacando Aragón) porque es un árbol que aguanta muy bien las inclemencias y, especialmente en llanura, es muy productivo. Algo con lo que este valle no puede competir: el desnivel dificulta la plantación y las parcelas de cerezos son tan pequeñas que dan el beneficio justo. No se puede usar maquinaria pesada porque no cabe por los caminos y toda recogida es a mano; aquí las macroexplotaciones son una utopía.

Cruzamos el valle pero, en esta ocasión, de una ladera a otra. Para ello bajamos el cañón y lo volvemos a subir, esta vez para conocer Valdastillas (el pueblo más bajo del valle) y llegar, tras una importante subida, a Piornal. Esta localidad es la más alta de toda Extremadura (1.175 metros) y nos recibe con arte moderno: casas pintadas con bonitos motivos primaverales que “rompen” con el paisaje de la zona. Y es que Piornal es especial: cada mes de enero se celebra el “Jarramplás”, fiesta de Interés Turístico Nacional.

El ”jarramplás” representa a un ladrón de ganado que llegaba al pueblo para robar. Los lugareños lo reciben tirándole fruta y verdura para que huya (sobre todo nabos). Así, el “jarramplás” vuelve al monte y huye. Es una tradición simple pero con muchísima antigüedad y de hecho, ser el “jarramplás” es un orgullo: los padres apuntan a sus hijos recién nacidos para que algún día puedan serlo, y la lista de espera es tal que suelen esperar para serlo unos 20 años (ya se conocen quiénes serán los “jarramplás” hasta 2036).

El Jarramplás pintado en la plaza de Piornal / Foto: Javier Robla

Una de las casas pintadas en Piornal / Foto: Javier Robla

Castaños centenarios: más allá del cerezo

Todo el valle es un paraíso para los amantes de la naturaleza, el turismo rural, senderistas o amantes del deporte al aire libre. En nuestra estancia hicimos a pie varias de rutas (que van desde los dos kilómetros hasta los treinta, algunas muy recomendables incluso para los no iniciados en la actividad y de dificultad nula). Bajamos de Piornal para pasar por Cabrero y Casas del Castañar, los dos pueblos más cercanos a Plasencia. Aquí es donde comienza la plantación de cerezos.

No podemos irnos sin hacer “la ruta de los castaños centenarios”, una ruta senderista de 5 kilómetros que se inicia en el pueblo hacia la ladera cercana, donde arrancamos con cerezos a los lados y después encontramos castaños y robles silvestres. En este camino encontraremos cinco castaños con más de 200 años de antigüedad, alguno de ellos de entre los años 1100 y 1200. Esos castaños vivieron la época árabe, la Reconquista, la unión de reinos para formar España…

Por desgracia, el 90% de esos árboles están muertos y huecos por dentro. Se mantienen con vida lo suficiente para poder subsistir y servir de alimento a nuevos árboles. Sus raíces llegan a expandirse más de diez metros y son fáciles de distinguir, ya que su grosor es de varios metros de diámetro de tronco. Extremadamente protegidos, son un retrato de lo que esos montes han vivido, una preciosa despedida de un valle con un encanto especial.

Castaño de Escondelobos, uno de los castaños centenarios / Foto: Javier Robla

Una de las rutas entre cerezos / Foto: Javier Robla

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Urbasa y Andía, el paraíso navarro de agua turquesa

Tagged , , , , , , , . Bookmark the permalink.

Comments are closed.